—¡Vámonos, Marian! Llegaron papá y mamá.
—Pero Milie, Winnie se quedó en el salón.
—No importa, ya es tarde, ¡Vámonos!
—Apúrense, chicas, la abuela nos espera—exclamó el padre.
La anciana vivía en una gran casa, cerca del bosque, junto a un lago.
—Pasen, mis niñas, denle un fuerte abrazo a su abu —exclamó voz cálida.
—¿Podemos ir al lago, abu? —preguntó Marian con un brillo radiante en sus ojos.
—Claro, nena, sólo dejen sus maletas en el cuarto.
Se apresuraron a dejar sus cosas en la habitación.
Marian notó algo. Una mancha de miel en el suelo.
—Vamos, Marian! —exclamó la hermana mayor con enjundia.
Marian corrió tras su hermana mayor.
—¡Ya venimos! —gritaron al pasar junto al auto. Sus padres aún bajaban maletas.
Marian notó algo por el rabillo del ojo. Era pálido, amarillento.
Cuando volteó, no había nada dentro del auto.
—¡La última que llegué es un renacuajo!—chilló Milie.
Marian apretó el paso para alcanzar a su hermana, quien tropezó a medio camino.
Ganó la carrera y se zambulló. Al sacar la cabeza, no vio a su hermana.
Sólo estaban sus huaraches junto a un montón de felpa.
—Milie!—gritó. No hubo respuesta.
Corrió de vuelta a la casa.
—¡Mamá! —su voz se quebró.
Ninguno respiraba.
En sus manos, hilos rojos y trozos de tela amarilla.
Pequeñas huellas ensangrentadas.
La anciana apuntó hacia la esquina.
Era su peluche.
Con miel en la boca y sangre en sus patas.
Movió la cabeza.
Como si la reconociera.

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