Mi cuerpo se agitaba sin cesar.
Me costaba respirar cada vez más.
Me acerqué lentamente a la salida. Cada me pesaba más, me deslicé por la grieta con dificultad.
Asomé la cabeza. El rastro de tallos gruesos desplazados por mi perseguidor marcaba por dónde había pasado.
Salí sin perder de vista la cueva avancé por el sitio hasta que una superficie lisa y amarillenta me cortó el paso.
Escuché un crujido seco a la distancia y me apresuré a saltar este obstáculo. Caí pegado a este muro con un denso olor a pino. A mi lado, un trozo de madera. Era del tamaño de un lanza.
Cedió al tocarlo. Lo alcé y me oculté detrás de un brote que se dobló al rozarlo.
Un cuerpo rojo con motas negras surgió aplastando los tallos. Patas negras y brillantes golpeaban el suelo.
Sus mandíbulas eran del tamaño de mi cuerpo, con bordes dentados que se cerraban con precisión.
La criatura giró la cabeza. No supe si hacia mí.

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