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La búsqueda de Andrés.

Andrés era un reportero veterano de 45 años, de menuda apariencia. Poseía una astucia bastante valorada en su profesión además un buen olfato para las primicias.  

En esta ocasión, gracias a sus contactos tenía ante sí una jugosa primicia, la cual el departamento de policía de la ciudad intentaba mantener oculta. Ya que sabían que el acontecimiento podría conmocionar a la población.  

—Tres homicidios en un plazo de seis días, con escenas del crimen brutales —señaló el médico del SEMEFO, mientras le pasaba los reportes de autopsia. 

El reportero vió las fotos y apretó los dientes.

—Sangre manchando cada centímetro alrededor de los cuerpos. La ropa rasgada y la columna vertebral destrozada —añadió sin parpaedar. 

Hojeó las hojas y continuó. 

—Los reportes indican que el líquido de la médula fue extraído hasta dejar las vértebras completamente secas. Paro un momento y tragó saliva. 

—Esto es demasiado extraño — dijó el galeno frotando ambas sienes con una mano.  

Nunca había visto algo similar en los veinte años que llevo trabajando —agregó mientras se llevaba la mano a la barbilla. 

Andrés volvió su rostro hacia las hojas. 

—Los cuerpos contenían fragmentos minerales de cobre, oro y zinc adheridos al tejido óseo. Pero en ninguna escena del crimen se encontró algo que pudiese explicar su origen. —leyó Ándres en voz alta. Frunció el seño un momento y continuó. 

El primero de los cuerpos fue encontrado en un parque al interior de un fraccionamiento. Un hombre joven robusto de 1.80 de estatura que era residente del lugar, caminaba durante un paseo nocturno. 

El segundo cadáver era de un vagabundo de edad avanzada, descubierto en las calles fuera de un mercado popular. Al parecer solía dormir en ese sitio.  

El tercer y último fue hallado por la mañana de hoy. Una mujer de 38 años con complexión delgada, descubierta en la zona roja de la ciudad, trabajaba como prostituta.

Tomó un respiro. Sintió un vuelco en el estómago. 

—Se descartó como origen de los minerales el trabajo de los occisos, ya que ninguno tenía relación con la industria de extracción o refinamiento de minerales —señalo el médico al paso que dejaba caer su humanidad sobre una silla. 

Andrés apartó la mirada, vió al suelo y musitó —Si la víctima no portaba los metales, ni el lugar los contenía... el asesino quizá... debe estar expuesto a metales crudos...

 —¿Dijiste algo? —preguntó el médico mientras vertía café sobre una taza.

El reportero no respondió. 

La voz de aquel galeno pasó a ser un mero ruido en el fondo, su mente abandonó inmediatamente la fría morgue y se trasladó a dos lugares distintos.   

El primero de ellos la inmensa refinería que se encontraba en la zona sur de la ciudad.  

El segundo la mina clausurada, apenas hace un par de meses, en el estado vecino, que se encontraba a unos 30 minutos en auto.   

Leer la parte anterior: El descubrimiento de Lucía. 

Continuar con la siguiente parte: La exploración en la mina.

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