Era una noche tranquila, Joaquín paseaba por la avenida principal del fraccionamiento en donde vivía. La brisa nocturna le enfriaba el rostro.
Tenía problemas para dormir, el trabajo de guardia y los turnos rotativos no le permitían un horario de sueño regular. Su cama se tornaba todo menos cómoda. Los paseos nocturnos le ayudaban a conciliar el sueño.
Las casas de alrededor eran muy parecidas: compuestas por dos volúmenes, una puerta principal, dos ventanas y un pasillo de servicio.
A mitad de recorrido, al entrar a la plaza del fraccionamiento, alcanzó a ver junto a la ostentosa fuente una figura negruzca.
Su oscuridad devoraba la poca luz de las farolas.
Entrecerró los ojos para captar lo que tenía enfrente.
La curiosidad lo venció. Decidió acercarse. Algo en su forma no encajaba.
La extraña figura comenzó a convulsionar. La piel del hombre se erizó.
A pesar de la poca iluminación, alcanzó a distinguir una silueta redonda.
De ella goteaba un líquido viscoso.
Frenó de golpe.
No obstante, la criatura se alzó súbitamente.
Algo rugoso se extendió desde su cuerpo.
Joaquín sofocó un grito e intentó retroceder.
Pateó una botella de vidrio que estaba en el suelo.
El golpe resonó por todo el lugar. Ninguna luz se encendió.
Emitió un sonido áspero y se giró hacia él.
Arrastró las pesadas extremidades traseras y utilizó las delanteras para avanzar.
Joaquín vio dos profundas y brillantes luces. Su pulso se aceleró.
Corrió con pasos largos y torpes.
La criatura se impulsó con movimiento súbito hacia adelante. El sonido detrás de él se acercaba.
Las piernas dejaron de responderle.
Perdió el equilibrio y vio cómo el suelo venía hacia él.
Se abalanzó sobre su presa, clavándole sus garras.
Sus feroces fauces se cerraron sobre el cuello de aquel hombre.
Desgarró los músculos. Se escuchó un crujido seco.
Las vértebras cedieron ante la presión.
El crujido continuó. No se detuvo.
Al verse saciada abandonó los restos y se perdió entre las casas.
La noche continuó intacta.

Comentarios
Publicar un comentario