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La exploración en la mina.

Eran las cuatro de la tarde. Andrés, junto al chico nuevo del periódico, Luis, se disponían a entrar en la mina.

La oscuridad era densa, tanto que la luz emitida por las linternas se asemejaba apenas al destello de una luciérnaga. 

El reportero novato temblaba atemorizado por encontrarse en ese lugar, no porque su compañero le haya comentado sobre el caso, cosa que no hizo, sino por la idea de un posible derrumbe. 

Tranquilo, chico, un derrumbe es muy poco probable —profirió el periodista veterano. En los 3 meses que ha estado en pausa la excavación no se ha reportado ninguno. 

Si los mineros no han continuado con su trabajo es por un tema de violación a los derechos laborales —añadió. Lo de los derrumbes es sólo una tapadera de la empresa. 

Una vez tranquilizado su joven aprendiz, continuaron con su recorrido.

Andrés se había hecho de un mapa del interior de la mina. Obtuvo esta guía trazada a mano por uno de los trabajadores, el cual aceptó realizarlo a cambio de un pequeño soborno. 

En este pedazo de papel, que ahora servía de brújula para los reporteros, estaba marcado con un círculo rojo un lugar muy particular. Según lo relatado por el trabajador, en ese sitio se había encontrado con lo que posiblemente era una mena de cobre. 

Sin embargo, no había podido corroborarlo, ya que las labores cesaron debido a la huelga. 

Después de un largo y asfixiante recorrido, caminando a paso ligero y deteniéndose ocasionalmente para descansar, llegaron a su destino.  

El veterano se puso a barrer el lugar con su mirada, tratando de encontrar cualquier cosa que pudiera darle una pista. Buscaba algún fragmento de metal o algo que resaltara, por más diminuto que fuese, entre el montón de piedra y tierra que se encontraba a su alrededor. 

Luis recorría con pasos medidos el rincón de la excavación que Andrés le había asignado para mantenerlo ocupado mientras él investigaba. 

Con la mano temblorosa apuntó firmemente hacia las paredes de la mina. 

Escuchó un leve crujido, sin saber de donde provenía. 

Alzó la linterna hacia el techo con prisa, después hacia los lados, juzgando con detenimiento las estructuras que soportaban el túnel. 

Hasta que de pronto sintió moverse la tierra bajo sus pies. 

Sin tiempo para reaccionar, se deslizó por un orificio.

Andrés satisfecho por su artimaña que le había resultado bastante efectiva, logró recorrer ya un muro entero del sitio sin ser interrumpido por su compañero. 

El silencio se extendió por todo el lugar. 

—Puedo oír hasta mis propios pensamientos —reflexionó por un momento. 

Apretó los dientes y entrecerró los ojos. Estaba demasiado callado. 

Si bien solía perderse en una concentración absoluta al trabajar, ya habían pasado por lo menos diez minutos sin escuchar queja alguna de su pupilo. 

Por lo que dio media vuelta y habló al aire.

—¿Cómo vas, chico? ¿Encontraste algo?

Para sorpresa del veterano el joven, no se hallaba por ninguna parte. 

Se acercó rápidamente al punto al que lo había mandado. 

Vio hacia los lados, pero no encontró más que penumbra y fríos muros de granito.

Se percató de que una pared presentaba unas marcas delineadas por un color rojizo, parecían rasguños, como si algo hubiese rasgado las rocas. 

Lentamente dirigió la mirada hacia el suelo, en la dirección de la que parecían provenir las marcas. 

Pudo observar que ante sí se encontraba un orificio del tamaño de una alcantarilla.

Era lo suficientemente grande para que una persona pasara. Pensó que quizá el chico se habría caído por ahí. 

Sospecha la cual se vio reforzada, cuando se tumbó en el suelo para asomar la cabeza y vio a la distancia una tenue luz presa de las sombras. 

Pero la pregunta persistía: ¿Dónde estaba el chico?

Dudó por un instante. Aunque la experiencia y la razón le dictaban retirarse en ese momento, decidió bajar. 

Como pudo logró sujetarse de algunas piedras y comenzó a deslizar su pequeño cuerpo por el orificio, se arrastró unos cuantos metros. 

—¡Chico! ¿Dónde estás? —gritó; su voz rebotó en un eco que tardó en volver.

Continuó avanzando hasta llegar a lo que parecía ser una cámara oculta, con un espacio demasiado amplio. 

Lo primero que observó le sorprendió: No parecía una mina. 

Los muros se asemejaban más a una especie de salón, eran paredes lisas, definidas, el material parecía mármol o algún tipo de piedra tallada.

En el centro del lugar se encontraba una mesa de aspecto rocoso y a su lado lo que parecía ser un recipiente grande y ovalado, similar a una urna. Era de un material parecido a la porcelana. 

—¿Chico, estás aquí?- susurró Andrés para sí mismo.  

Tragó saliva. Algo en ese lugar no encajaba. Aún así creyó que era muy pronto para darse por vencido, para dejar al chico abandonado. 

Decidió acercarse a la mesa del centro, a pesar de que cada paso era más difícil que el anterior, pues sus piernas comenzaban a sentirse cada vez más pesadas.

Continuó avanzando y una vez se encontró frente a la mesa, pudo observar algo que llamó su atención,  parecía una especie de símbolos,  incomprensibles.

Por lo que decidió hacerle una foto para investigarlo después. Pero en cuanto el flash de su teléfono se activó, la luz blanca iluminó por un instante el muro posterior.

Apareció ante él una cruda y bizarra escena. 

Era aquel chico que lo había acompañado en la expedición por la mina. Yacía en el suelo inerte. 

La sangre se escapaba de su cuerpo en un movimiento constante. 

Al costado de él, alcanzó a iluminar la espalda de un ser extraño que se inclinaba sobre aquel desdichado aprendiz de reportero.

Este desgarraba con una facilidad inconcebible sus tejidos corporales, como si estuviese retirando la débil cáscara de una fruta cualquiera, abriéndose paso hasta el interior.

La respiración de Andrés se cortó de golpe. Atónito, cayó desplomado hacia atrás.

La criatura se giró para observar que podía estar interrumpiendo su festín, clavando sus brillantes y enormes ojos sobre la mirada aterrada del periodista. 

Una gota de sudor frío escurrió por su frente. Se arrastró como pudo en dirección al hueco por donde había entrado. 

El abominable ser emitió un ensordecedor rugido que retumbó por todo el lugar. Acto seguido, continuó devorando a su desafortunada víctima.

El corazón desbocado del reportero latió con fuerza. Su instinto más primitivo de supervivencia se había activado. 

Escaló torpemente el muro sobre el que se erigía el orificio, lacerando en múltiples ocasiones sus manos al intentar subirlo. Dejó tras de sí un rastro de sangre. 

Leer la parte anterior: La búsqueda de Andrés. 

Continua con la siguiente parte: El origen de la criatura.

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