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Una dulce visita.

—Maldita sea, Mary, porque no contestas el telefono. —Murmuró para sí.
Marnie entró a la casa y percibió un intenso olor a miel.
Se encaminó en direccion a la cocina.
Escuchó un leve sonido rítmico tras de sí. 
Volteó pero no vio nada. 
Continuó avanzando en dirección a la cocina. 
El olor a miel se intensificó. 
Sin embargo, había algo diferente. 
Un tono fétido acompañaba el dulce aroma. 
Cuando puso un pie en la cocina vió algo alejarse corriendo. 
Alcanzó a ver una sombra.
Era pequeña, de un color amarillo pálido.  
Entrecerró los ojos y bajó la mirada.
En el suelo encontró un tarro de miel roto. 
Junto a éste un rastro que se extendía hasta la otra salida de la cocina. 
Al seguirlo observó rasguños en el marco de la puerta. 
Dudó un momento, pero avanzó.
Al pasar al siguiente cuarto el fétido olor se intensificó. 
Frunció el ceño y se llevó la mano a la nariz.
Buscó el origen del hedor. 
Cuando su vista llegó a las escaleras vió de nuevo la sombra amarilla. 
Se escabulló frente a ella. 
Escuchó pasos en la planta alta. 
Marnie arrastró sus pesados pies hacia el primer peldaño.
Se apoyó en la barandilla con intención de subir.
Su maño se llenó un líquido viscoso, era de color marrón.
Sacudió con urgencia su mano.
La viscosidad estaba fuertemente pegada.
Subió la mirada hacia la puerta que daba acceso a la planta de arriba. 
Vio una nube de moscas cubriendo la entrada.  
Apretó fuerte la boca.
Se encorvó ligeramente hacia adelante.
Escuchó un sonido fuera de la casa. 
Sin apartarse del lugar giró la cabeza hacia la ventana.
Era el auto de Mary. 
La puerta se abrió.

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