Era una cálida mañana, Lucía se disponía a beber su habitual taza de café antes de tomar su auto y dirigirse a la escuela donde trabajaba.
Una vez que había bebido su café, tomó las llaves de su auto. Un Beetle blanco que había comprado apenas hace unos meses.
Lucía solía ir con prisa a su trabajo ya que su cargo como directora se lo exigía por lo que rara vez se daba el lujo de distraerse.
Pero el día de hoy no se encontraba tan apurada, ya que estaba intentando tomarse las cosas con calma, por recomendación de su terapeuta.
Cuando estaba por entrar a su coche, insertó las llaves en la cerradura. Tomó un respiro y alzó la mirada para observar el paisaje.
Sin embargo el día de hoy había sido ensuciado.
El paisaje usual estaba compuesto por un reconfortante verde de los árboles frondosos, así como el monótono gris de la fuente.
Vio a la distancia algo inusual. Algo que no encajaba con su rutina.
Su piel se erizó de golpe.
Por un lado pudo ver un azul oscuro como el de unos jeans sobre el pasto. Junto a este un rojo intenso se esparcía por todo el lugar. Era como el vino tinto que tanto le gustaba.
Esta sutil diferencia la hizo tomarse el tiempo suficiente para contemplarlo con detenimiento.
Forzó la vista, entrecerrando los ojos.
Parecía una figura familiar. —Una persona —musitó para sí.
Era alta, algo robusta, de cabello oscuro y un corte estilo militar.
Ese corte peculiar lo recordaba de algún lado.
Su pulso de aceleró y sus ojos se abrieron como platos
Se trataba de Joaquín, su vecino.
Lucía se paralizó. Su respiración se detuvo.
Las llaves resbalaron de su mano.
El metal chocó con el concreto y el ruido la despertó.
Un desgarrador grito sacudió sus cuerdas vocales.
—¡Ayuda!

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