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De regreso a las profundidades.

El tiempo se había agotado. 

Andrés no podía esperar más. Volvieron a la mina.

Caminaron por los pasillos abandonados. Sus pasos resonaban. La débil luz de sus linternas apenas iluminaba el suelo frente a ellos. 

—Es por aquí —Señaló Andrés las paredes rasgadas de la cueva. Su sangre seca pintaba aún las rocas que una vez escaló.

La voz de Luis —o lo que quedaba de ella en su mente— resonaba en su cabeza. Andrés la sacudía y frotaba sus sienes con la mano —Sal de mi cabeza —musitó para sí y continuó avanzando. 

Su acompañante cargaba una gran bolsa de cuero. —Parece que se escondió en lo más profundo —exclamó Hikuri mientras limpiaba el sudor de su frente.

Llegaron a aquel lugar. Hikuri le extendió una linterna del tamaño de una radio. —Ponla en la pared junto al hueco por donde entramos —dijo con autoridad.

Ambos las colocaron en el suelo orientadas hacia el centro. Las encendieron y alumbraron casi por completo la enorme sala. 

Sobre la mesa central, lisa como el mármol, reposaba una figura encorvada. De sus fauces entreabiertas escurría un espeso líquido oscuro que desaparecía al tocar la superficie.

La imagen del chico cubierto de sangre cruzó como un destello la mente de Andrés. Se quedó paralizado.  

Era Cachiripa...  

Las piernas de Andrés temblaron sin control. Hikuri recargó la pesada mano en su hombro. —No dudes.

Dejó caer su bolsa sobre el frío suelo. Fue un golpe seco que levantó una nube de polvo.

Urgó en la bolsa. Sacó ramas secas, las arrojó en un cuenco y les prendió fuego. 

Al verter agua el humo no se elevó. 

—Llena tus pulmones y deja que los miedos salgan de ti —dijo con voz ronca. 

Andrés inhaló hondo y tosió. 

Después sacó unas pesadas cadenas del fondo de su bolsa. 

—Ayúdame a ponerle esto alrededor de su cuello. 

Se paralizó.

—¡Muévete! —le dijo con voz imponente. 

Alzó la cabeza de la criatura mientras el reportero colocaba las cadenas debajo de su cabeza. El metal tintineó al rebotar contra la mesa. El eco tardó en desaparecer.

Ambos jadearon. —Ahora atémoslas alrededor de la piedra que está al fondo —ordenó apuntando una enorme estalagmita que se erigía un par de metros sobre el suelo. El sudor escurría por la barbilla de Andrés. Apretó los dientes.  

Hikuri sacó una especie de discos de color verde. —Quema esto y esparce el humo por toda su cabeza.

Andrés los tomó. El olor terroso le revolvió el estómago. 

Se acercó con pasos torpes hasta la criatura. Su respiración se aceleró al acortar la distancia. 

La voz del chico volvió. Andrés dudó un momento. —Déjame en paz —musitó. 

¿Y... ahora... qué? —susurró el reportero.

Hikuri se acercó a la criatura. 

—Le sacaré el corazón —dijó sin inmutarse.

Andrés no se movió. 

Hikuri sacó de su chaleco un cuchillo negro azabache.  

—Es lo único que lo atraviesa. —agregó empuñando con fuerza el arma.  

Clavó su daga en un costado de la criatura. 

Se retorció con violencia.

La herida no sangro.  

Un rugido ensordecedor estalló en la cueva. 

Cachiripa, despertó. 

 

Leer la parte anterior: El último descendiente. 

Continuar con la siguiente parte: Cachiripa

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