Abrí los ojos, un intenso dolor atravesó mi cabeza, arrastré la mano desde la frente hasta la nuca.
Me incorporé, apoyando las manos sobre el piso, se hundieron; el suelo estaba húmedo y rugoso.
Estaba rodeado por columnas verdes, se estrechaban en lo más alto.
Me acerqué para tocarlas, mis manos resbalaron sobre ellas. Un líquido viscoso las cubría.
Un golpeteo seco interrumpió mis pensamientos.
La vibración subió por mis pies.
El golpeteo cesó. Giré buscando su origen.
Las columnas se tambalearon, chocaban entre sí.
Emergió un brillo rojizo, después, dos formas curvas empujaban las columnas a su paso.
Di un paso hacia atrás y tropecé con una roca.
Surgieron frente a mí, demasiado cerca.
Me incorporé tambaleando y eché a correr.
La tierra se estaba tragando mis piernas.
Entre las rocas se abría una grieta oscura, apenas del ancho de mi cuerpo.
Me lancé hacia ella y me arrastré hasta su interior.
Me oculté en lo más profundo de la cueva, con las rocas rozándome.
Cubrí mi boca con ambas manos y contuve el aliento. Frente a mí cruzaron una tras otra, largas extremidades velludas, de un rojo irregular.
No me moví hasta que desaparecieron en la espesa vegetación.
El golpeteo vibraba aún bajo la tierra.

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