Los días pasaron. Las muertes no se detuvieron.
La luz del televisor parpadeaba contra las opacas paredes de la habitación.
—El número de víctimas sigue en aumento, la policía reporta ya nueve muertes en un periodo de veinte días.
—Diez —respondió Andrés al televisor.
—Los ciudadanos no duermen tranquilos, los familiares de los fallecidos exigen respuestas.
Un flashazo le cruzó la mente. Vio a Luis, tendido en el suelo de aquel salón.
Apretó los dientes y apagó el televisor.
Se llevó un puñado de pastillas a la boca.
El sabor amargo le quedó en la lengua.
Clonazepam era el nombre en la etiqueta.
El teléfono sonó. El estruendoso sonido inundó el cuarto.
Andrés se quedó quieto un momento.
Carraspeó y tomó el teléfono.
—Sí, diga...
—¿Señor Andrés?... Tengo la traducción completa. —dijo una voz al otro lado.
—¿Puede mandarme una fotografía? —preguntó con voz apagada.
—Claro. Permítame un momento.
El teléfono vibró. Era el mensaje de Lucía con la fotografía: Leyenda de Cachiripa.
La pantalla iluminó su rostro ojeroso.
—Tardé más de lo que había pensado. Incluso tuve que contactar a un descendiente de la antigua tribu, para que me ayudara con algunas palabras que no reconocí.
—¿Un descendiente? —interrumpió ahogando un suspiro.
—Sí, es el último que se conoce. Es un ermitaño que vive a hora y media de aquí.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
* * *
—Eso fue lo que sucedió aquel día en la mina. —explicó Andrés con voz baja.
El lugar tenía un intenso olor a tabaco viejo.
Desvió la mirada hacia un lado.
—Eres un idiota —espetó Hikuri. Clavando sus ojos negros en él.
Andrés no respondió.
Era el último descendiente vivo de la tribu Irritila. Un hombre de edad avanzada pero corpulento.
—Lo despertaron —continuó con voz ronca. No parpadeó al decirlo.
—No sabíamos de lo que se trataba. —Dudó un segundo. —Sólo queríamos investigar.
—Hiciste bien al dejar el chico y salir corriendo. —Sacó un cigarrillo y lo puso en su boca.
Él odia ser molestado cuando come —agregó antes de encenderlo.
—¿Él? —susurró incrédulo mientras sus manos comenzaban a temblar.
—Cachiripa. Así lo llamaban mis ancestros. —Dio una suave calada y continuó.
Admito que tenía mis dudas. —Tomó con su mano la fotografía que Andrés le había llevado.
Pero en cuanto vi los símbolos tallados sobre la piedra, lo supe. —Hizo una mueca y exhaló el humo por el lado opuesto.
Al reportero se le contrajo el estómago.
—¿Entonces la leyenda es real?
—No es una leyenda.
Acabó con muchos de los míos. —Apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal.
—¿Qué podemos hacer? —interrogó.
—¿Cuándo fue descubierto el último cadáver?
—El día de ayer. —musitó Andrés. Apretando las manos contra su pierna.
—No caza todos los días. —Deslizó su áspera mano por su barba canosa y siguió.
—Cuando no caza se esconde en un lugar alejado y oscuro.
—La mina —completó titubeando.
—Lo mejor sería esperar.
Ir por la mañana, después de que coma.
Ahí es cuando está más expuesto —dijo Hikuri con tono cínico.
—¡No podemos esperar tanto! —vociferó.
—¿Lo que le sucedió al chico no te deja dormir, verdad? —dijo Hikuri sin inmutarse.
Andrés tragó saliva. —No, no he podido dormir desde ese día.
Hikuri saco y encendió otro cigarrilo.
—Dos horas. Es el tiempo que necesito para reunir lo necesario.
—Dio una calada profunda y continuó.
Nos vemos en la entrada de la mina. Tenemos que realizar el ritual antes de que el infeliz despierte.
—De acuerdo —masculló Andrés. Apretó el puño encajando sus uñas en la palma de su mano.
—Si tienes un arma, llévala contigo— añadió señalando la salida.

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